Una vez, un sabio griego se encontraba enseñando a sus discípulos cuando uno de ellos le interrumpió y le hizo una pregunta:

  • Maestro, ¿Por qué los seres humanos anhelamos tanto la paz, pero a la vez estamos siempre luchando entre nosotros?

El maestro reflexionó durante un instante y le respondió:

  • No es una cuestión sencilla. Eres joven e idealista y crees que el mundo en que vivimos es una realidad acabada y completa. Nuestra “polis”, nuestra ciudad, está formada por la convivencia de muchas personas, cada una con sus propios problemas, pensamientos e incluso dolores, pero que pretendemos que funcione como un único ser para el bien de todos. La sociedad perfecta es la que compagina la individualidad y la colectividad en armonía. Mi querido discípulo. El ser humano no es perfecto, pero busca la perfección, por eso en su búsqueda de la armonía no acierta siempre y sucumbe a sus instintos de supervivencia. La búsqueda de esta armonía es un trabajo para toda la vida, en el que este ignorante maestro está embarcado desde que la razón entró en su entendimiento.

Una lucha de titanes entre el YO y el NOSOTROS

Todavía hoy, en pleno Siglo XXI, no es una cuestión sencilla responder a esta pregunta. A nivel global sentimos que el mundo necesita un repaso en el tema de la convivencia entre los pueblos. Refugiados, atentados, migraciones, etc. nos hacen ser más conscientes de nuestra responsabilidad social en el mundo, pero a la vez no hacen temer por nuestra propia supervivencia.

¿Será cierta la cita del escritor latino Vegecio “Si vis pacem, para bellum” (si quieres la paz, prepara la guerra)?

Hay días que al llegar a nuestro puesto de trabajo parece que sí. Tenemos que empezar a competir con nuestros compañeros por demostrar que somos los mejores vendedores, los mejores impartiendo formación, los mejores gestores, en definitiva, los “Top Chef” del lugar. Y esto es una batalla constante contra “el otro” y contra uno mismo.

Contra uno mismo porque cada día debemos superarnos, hacerlo mejor que el anterior. Demostrar que podemos seguir creciendo. Y contra el otro, el prójimo, el compañero, porque el otro siempre es nuestro espejo. De lo que hacemos y de lo que decimos. También de las decisiones que tomamos y que sentimos que pueden ser juzgadas.

El filósofo francés Jean Paul Sarte, uno de los grandes del Existencialismo, decía que el yo se forma a partir de la concepción del otro. Esto es un poco abstracto, pero lo voy a intentar explicar de forma sencilla (aunque no sea muy fiel al original): mi concepto de mi propia identidad es la síntesis que yo realizo del feedback que recibo en mi relación con los demás. Por un lado, los mensajes que recibo -de aceptación, de repulsa, de enfado con mi actitud- sobre todo en la niñez conforman el carácter. Por otro lado, mi identificación con el otro, como ser similar a mí y que me hace sentirme dentro de un grupo social. Me devuelve la imagen de ser humano y que me hace sentirme a mí como ser humano.

En una sociedad armónica el pacto entre individuo y comunidad se debería basar en un equilibrio entre las cesiones que hace éste en función de los objetivos comunes y el reconocimiento de la colectividad de la individualidad personal de cada uno de sus miembros.

Desde este punto de vista existencialista, la propia identidad es un difícil equilibrio entre las tendencias individuales que nos llevan a una competición por la supervivencia y una empatía social que a la vez nos lleva a reconocernos como miembros de un grupo. Este complicado juego de fuerzas afecta a todos los aspectos de la vida: el social, el político, el deportivo y como no, el laboral.

En su agonía (etimológicamente “lucha”) el individuo ha de enfrentarse a decisiones y cesiones en favor del grupo social al que pertenece y que deberían realizarse desde su libertad.

El ambiente laboral del Siglo XXI

En el ambiente laboral del Siglo XXI está muy marcada la especialización del trabajo y la colaboración en la creación de equipos que han de funcionar coordinados para conseguir las metas fijadas. Pero, esto no es siempre así. Muchas veces trabajamos para demostrar que nuestro departamento es el mejor, que somos los líderes y los “imprescindibles”. Eso en el mejor de los casos, porque, desde mi experiencia, en muchas ocasiones se gasta más energía en dejar claro que si algo falla, la culpa es de otro (que el marrón se lo coma otro), que en alcanzar con facilidad los objetivos propuestos. Da la impresión de que el éxito individual se impone al bien común.

Un excesivo individualismo hace perder fuerzas en la competición interna, pero un excesivo comunitarismo disuelve al individuo y su motivación. Volviendo a la pregunta inicial del discípulo:

“Todos anhelamos la paz que nos puede otorgar la vida en una sociedad justa, pero a la vez queremos que nuestras aspiraciones personales se cumplan a pesar de que entren en conflicto con las de los demás. Aquí es el punto donde la “ética” nos lleva a la “política”. La necesidad de relacionarnos con los demás nos lleva a adoptar acuerdos y normas que hay que cumplir por el bien de todos como individuos sociales.

Sabemos que el mundo laboral es un aspecto más de nuestra vida en el que se dan todas estas actitudes expuestas. Para que el ambiente sea armónico (en paz como preguntaba el discípulo) se hace necesario convivir con los demás y esta situación nos lleva a “tratos” sociales en los que el individuo como tal debe ceder parte de su soberanía personal para conseguir un bien común. También la comunidad debe de reconocer que cada persona es un mundo, que tiene su propia identidad y su idiosincrasia, sin intentar anularla. Para conseguir esto en ocasiones necesitamos de herramientas como la Mediación, las dinámicas de grupos, el análisis de las relaciones y el Acompañamiento.

Como decía el filósofo alemán Leibniz, estamos en el mejor de los mundos posibles. Y personalmente digo, que está en nuestra mano reconocerlo.

Vidal Garrido. Filósofo y Responsable de RSE

 

¿Te gustó el artículo?

Suscríbete para recibirlos directamente en tu mail

¡ME SUSCRIBO!!