Una vez alguien, a modo de anécdota me contó esta breve historia:

– Maestro Kin ¿Por qué no mejoro en mi Kung-Fu?

-¿Has visto un atardecer desde las montañas?  

-Sí, maestro.

-¿Has visto el agua golpear las rocas?  

-Sí, maestro.

-¿Has visto la luna reflejada en el lago?  

-Sí, maestro.

-¿Lo ves? Te pasas el día haciendo otras cosas en vez de practicar…

Tampoco quiero que se piense mal. Yo no estoy en contra de que dediquemos tiempo a la contemplación, tanto de la naturaleza como de uno mismo en forma de meditación y prácticas introspectivas. Es más. Yo disfruto mucho haciéndolo, pero el tema de la reflexión de hoy tiene otra perspectiva, que viene a ser: ¿qué valor le doy a mi propio tiempo?

El valor del tiempo:

Aunque parezca una obviedad, el tiempo no se puede almacenar. Simplemente transcurre. Se dice que cuando nacemos somos ricos en tiempo, puesto que tenemos toda la vida por delante, pero nadie puede cuantificar esa riqueza, ya que nadie puede saber cuánto va a durar la vida de una persona.

Pero esa riqueza es una certeza, ya que ese tiempo se puede dedicar a tantas cosas como la libertad humana nos permita. Teniendo en cuenta que esa misma libertad nos marca el camino, puesto que con cada decisión que tomamos abrimos nuevos caminos y abandonamos otros.

Como el discípulo del cuento, que opta por la contemplación y la admiración de la naturaleza, así que su Kung-Fu se ve afectado. Seguramente valora más la meditación sin darse cuenta de dos cosas. Por un lado, que la práctica de una habilidad la mejora. Y por otra, y muy importante, que no son dos actividades incompatibles. Se puede dedicar tiempo a contemplar un atardecer y también dedicárselo a la práctica para mejorar en la habilidad del Kung-Fu. Simplemente hay que ser consciente del reparto del tiempo y de la importancia que le demos a cada actividad. Como decía mi madre: “A Dios rogando y con el mazo dando”.

Esto nos lleva a una consecuencia: dedicamos más tiempo a lo que más nos motiva. Esta motivación puede ser afectiva, económica, de prestigio, por sentido del deber, etc. Curiosamente, en muchas ocasiones utilizamos este tiempo como moneda de cambio.

En el campo afectivo, entregamos parte de nuestro tiempo gratuitamente a las personas que apreciamos, pero ellas, a cambio, también nos entregan parte del suyo en esa convivencia. Por ejemplo, ahora podemos dedicar mucho tiempo en el cuidado de nuestros hijos y lo hacemos generosamente, pero también esperamos que cuando seamos mayores, estos hijos no nos abandonen y, aunque solo sea una vez a la semana, vengan a visitarnos a la residencia de ancianos. En realidad, es un intercambio de tiempo que se realiza de forma generosa y sin cuantificar.

En el campo laboral lo que acabamos haciendo es cambiar nuestro tiempo por una remuneración económica. En definitiva. Vendemos las ocho horas diarias de la jornada laboral a una persona, que puede ser nuestro jefe o nuestro cliente. En esta consideración hay que tener en cuenta ciertos matices. No solo vendemos nuestro tiempo, también vendemos nuestras habilidades para realizar el trabajo correctamente.

Unas habilidades a la que, posiblemente, hemos dedicado bastante tiempo y esfuerzo en formación y en práctica para adquirirlas, mejorarlas y mantenerlas. Con lo cual vendemos nuestro tiempo presente y también el tiempo pasado empleado en nuestra educación y formación.

A veces este tiempo es muy amplio. Pensemos, por ejemplo, en un médico, que además de una carrera universitaria ha tenido que realizar una especialización que dura varios años y que ha de continuar formándose y actualizándose.

Por eso, yo me pregunto ¿cuánto vale mi tiempo? Y también os pregunto ¿cuánto vale vuestro tiempo? Y no solo a nivel económico. Creo que este es un aspecto importante cuando hablamos de relaciones laborales, puesto que gracias a la economía podemos vivir. Pero en las actividades que hacemos hay mucho de motivación y de emoción. Y eso no se paga con dinero. El beneficio es de otro tipo: reconocimiento personal, satisfacción interna, sentido de hacer algo bien hecho, etc.

El tiempo, en definitiva, es algo que tenemos y que “perdemos a lo largo de la vida”. Que esta pérdida de tiempo se sienta como algo provechoso solo depende de nosotros y de la capacidad de valorar el día a día, de encontrar razones para vivir con intensidad cada momento y de sentir que la vida tiene tiene muchas experiencias distintas.

Todas las experiencias son válidas. Solo hay que dar el valor oportuno a cada una de ellas. Volviendo al cuentecillo del inicio. Tan importante es ver un atardecer como practicar el Kung-Fu si queremos mejorarlo.

Pensemos que quizá a aquello a lo que nos es más fácil dedicar nuestro tiempo es aquello que más nos motiva porque de hecho es para lo que dedicamos lo más valioso que tenemos: Nuestro tiempo.

Vidal Garrido. Filósofo y Responsable de RSE

 

¿Te ha gustado este artículo?

Suscríbete para recibirlos directamente en tu mail

¡ME SUSCRIBO!!