Los aniversarios sirven para recordar hechos importantes que queremos mantener vivos en nuestra memoria. El nacimiento de un hijo, el día de la boda, el día de la graduación, nuestros cumpleaños y los de las personas que queremos, el primer día de trabajo, etc.

Pero también hay aniversarios que quisiéramos no tener que recordar.

Son las fechas en las que pasó algo duro, cuando perdimos a alguien, tuvimos un accidente, se acabó una historia de amor o de amistad…

Las memorias de estos tristes hechos vuelven en cada aniversario y a menudo se presentan con una fuerza inesperada, acompañados por un sufrimiento que esperábamos que no estuviera tan vivo.

Recordar nos sirve para ayudarnos a adaptarnos a la nueva realidad. El recuerdo actúa como un ungüento balsámico que gradualmente alivia nuestras heridas.

Una historia real

Te cuento una breve historia que demuestra cómo podemos ser capaces de cambiar nuestra percepción de un aniversario de muerte.

Karla perdió a su hermana Sara hace tres años. Cáncer. Un año y medio de lucha constante y luego -como a menudo pasa- una mejora seguida por una repentina caída. En menos de un mes, Sara y su familia pasaron del volver a tener un destello de vida feliz al perder por completo la esperanza. Sara dejaba una niña de tres años y un marido hecho mil pedazos.

Han pasado poco menos de tres años. En un par de semanas llegará la fatídica fecha. Karla me llama.

“Alberto, necesito tu ayuda: me siento como si acabara de morirse Sara. No puedo con este dolor. No sé qué me pasa, es como si volviera atrás tres años, como si el tiempo no hubiese pasado o yo no hubiese hecho el duelo de mi hermana.”

Y sí, es así. El cuerpo tiene memoria. Los aniversarios son importantes. Para celebrar los buenos acontecimientos así como para digerir los platos fuertes de la vida. Debemos recordarlo y tenerlo en cuenta. Los aniversarios de muerte vuelven cada año, cada vez con un poco menos de intensidad -aunque los primeros años parezcan todos duros de la misma forma-, y debemos aceptarlos por lo que son: una estrategia para sobrevivir, para aceptar la nueva realidad en la que tenemos que vivir.

¿Qué nos puede ayudar en este duelo?

Recordar, mirar fotos y vídeos. Cada vez que recordamos un recuerdo, lo cambiamos. Y con el tiempo, sin darnos cuenta, logramos que el sufrimiento se transforme en dolor (logramos que una herida abierta se transforme en cicatriz).

Hablar de la persona que ya no está con nosotros con los demás familiares y amigos. Si nos hace ilusión, preparar uno o más rituales con los que nos sintamos en sintonía. Encender una vela, un incienso, escribir y luego leer las razones por las cuales estamos agradecidos, recordar momentos alegres y bonitos vividos con esta persona. Preparar su comida favorita, visitar los lugares adonde le gustaba ir.

Y luego agradecer mucho, todo el día. “Gracias” se convierte en un mantra. Gracias, gracias, gracias. Siempre y por todo. Por lo que considero bueno y por lo que no. La palabra “gracias” va más allá de mi opinión personal. Dar las gracias es un poderoso acto de fe que sana las llagas del ego que siempre se ofende.

Finalmente, es necesario hablar con las emociones que reclaman nuestra atención. Hablar con la tristeza y con la rabia, preguntarles por qué vienen a visitarnos y esperar la respuesta.

Karla me escribió para decirme que llegó al día del aniversario con una profunda serenidad y con un gran sentimiento de amor y de agradecimiento. ¿Ya no hay dolor? Claro que sí. Pero no hay es sufrimiento.

Algunos aniversarios son cicatrices en nuestras vidas. Algunos de ellos nos harán sentir melancólicos. Algunos nos recordarán lo mucho que sufrimos. También nos recordarán lo mucho que aprendimos, que cambiamos. Y que la vida merece ser vivida aún cuando nos duele estar en ella.

El duelo en las empresas

Es importante que, como directivo o directiva -o responsable de RRHH-, sepamos que nuestro equipo tiene una vida personal que afecta a su trabajo. En concreto, estas pérdidas y aniversarios. Te recordamos este artículo sobre cómo gestionar el duelo en las empresas.

 

Alberto Simoncini – Gestión de las Emociones


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