¿Ofrecemos en el ámbito laboral nuestro lado más humano?, ¿qué es lo que realmente valoramos en un compañero de trabajo?, ¿cómo sentimos nuestra pertenencia a un grupo de trabajo entendido éste como un ejemplo de estructura social?, ¿son nuestros comportamientos relacionales en el ámbito laboral favorecedores de la cohesión grupal?…

Preguntas como estas me planteo hoy, día en el que tras llegar mi informe de Vida Laboral, he podido verificar mi historial de 22 años como trabajador sanitario tanto en el ámbito hospitalario como en el ámbito extrahospitalario, y todos ellos formando parte de equipos de trabajo.

Durante nuestra formación académica nos preparan aportándonos conocimientos teóricos, sin embargo, no nos preparan en una vertiente que es fundamental para gestionar adecuadamente las relaciones laborales: la inteligencia colaborativa. Así nos adentramos en el grupo laboral, sin previo aprendizaje, entrenamiento ni preparación. Más aún, estamos obligados a pertenecer a un grupo de trabajo, sin haber tenido la oportunidad de elegir libremente a los componentes de dicho grupo. Con estas perspectivas ¿cómo lograr el equilibrio relacional?.

En definitiva, el hecho de pertenecer y relacionarse con los distintos miembros de un equipo de trabajo, no dista demasiado de la relación que se establece en otras redes familiares o sociales. Y en lo que seguro todos estamos de acuerdo, es que es infinitamente más doloroso e indignante ser excluido o rechazado de un grupo por lo que somos, que por lo que hemos hecho.

Y esta afirmación puede conducirnos a un cambio de paradigma. De tal manera que si los distintos miembros del equipo tienen un objetivo común y una preparación adecuada, seguro les será fácil la consecución de la actividad o meta requeridas, incluso con más eficiencia y más efectividad. Pero, ¿se habrán creado relaciones significativas y poderosas, o por el contrario se ha producido un “desgaste relacional”?, ¿cuáles son los ingredientes para que esto no acontezca en el equipo de trabajo?, ¿qué comportamientos relacionales convendría desarrollar?. Existen determinados comportamientos que deben ser una ascesis (del griego “Askésis”, ejercicio, práctica) diaria, pues como escribió Aristóteles “Somos lo que repetimos cada día”.

  • Comportamiento relacional de aprecio: practicar el aprecio para evitar comportamientos de aversión, rechazo o indiferencia. Debemos aprender a apreciar, es decir valorar a nuestro compañero de trabajo por su calidad como persona. Es decir, reconocerlo como un ser humano, en el sentido más completo del término. De esta manera, ese compañero puede incluso llegar a ser nuestro amigo/a, en cuyo caso además de aprecio, existirá afecto.
  • Comportamiento relacional amable: practicar la amabilidad para evitar comportamientos egoístas, agresivos o violentos. Debemos aprender a ser amables, es decir, a practicar una atención benévola hacia los demás, a priori incondicional, de manera espontánea, natural y sin ningún tipo de interés o de intención por conseguir algo. La amabilidad engloba la actitud de simpatía, solidaridad y respeto. El hecho de tener gestos de amabilidad nos hace sentirnos bien y provoca un cambio en el entorno laboral “amablemente”.
  • Comportamiento relacional generoso: practicar la generosidad para evitar comportamientos egoístas e individualistas. Debemos aprender a ser generosos, es decir, dar sin que nos lo pidan. Y no me refiero únicamente a algo material, sino también a ofrecer nuestro tiempo, atención, ayuda, sonrisa. Gestos generosos provocan un cambio en el entorno laboral, incluso puede hacer que los demás miembros del equipo estén dispuestos a juzgar con indulgencia una eventual actitud negativa o ambigua en sus relaciones contigo.
  • Comportamiento relacional de gratitud: practicar el agradecimiento consiste en reconocer o estimar el favor, bien o beneficio que un compañero nos ha concedido. Y lo podemos llevar a cabo mediante una manifestación verbal (“gracias por ayudarme”), o escrito, o incluso mediante una aportación material. En ocasiones puede consistir en un sentimiento de reconocimiento profundo, lo cual sería suficiente. Estos gestos de gratitud aumentan nuestro bienestar psíquico y aumentan el sentimiento de pertenencia al grupo de trabajo.
  • Comportamiento relacional de feed-back: practicar el feed-back con nuestros compañeros nos enriquece y guía nuestra acción para ajustar progresivamente nuestra forma de pensar y actuar en función de la información o mensaje obtenido. Debemos buscar un feed-back informativo (“¿cómo lo he hecho”) que nos haga progresar. Para ello sería aconsejable aceptar el juicio que ejercen nuestros compañeros, no como un enfrentamiento a mi persona, sino en todo caso como una crítica positiva que me permite desarrollar actitudes proactivas de mejora en mi competencia profesional, y no me refiero en particular a conocimientos teóricos, sino a práctica de determinadas técnicas, habilidad social, comportamientos de compañerismo, etc. El practicar el feed-back produce cambios en el entorno laboral, ya que favorece el dinamismo del grupo.

Estos comportamientos hacia nuestros compañeros son el equivalente a las prácticas ecológicas a escala planetaria. Cada gesto aislado es insignificante pero puede ser el origen de un cambio. O al menos pueden generar un entorno y círculo laboral virtuoso, que de alguna manera, neutralize los dos tóxicos por excelencia que envenenan dicho círculo: la queja y la maledicencia.

Apelemos pues, a nuestro lado más humano en el entorno laboral. Así podremos aceptar la imperfección tanto en los compañeros de trabajo como en nosotros mismos , y podremos pensar siempre en la posibilidad de la reconstrucción tras los eventuales conflictos que pudieran surgir; porque en toda estructura social, por ende el equipo de trabajo, y en toda vida humana, los conflictos son inevitables, ¿y acaso necesarios?.

María A. Rodrigo Ruano (Diplomada en Enfermería y Licenciada en Medicina).

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