Esta mañana iba saliendo del metro en Glòries, en Barcelona, con mi hija. Misma ruta de cada día para ir al cole. Misma ruta. A veces incluso reconozco las mismas personas. Probablemente no somos los únicos que buscamos el vagón que luego esté más cerca de la salida.

Misma ruta, mismos ruidos… pero algo nuevo se nos presenta.

Cuando llegamos a la última escalera mecánica hay un cartel que dice “fuera de servicio”. Pero ya que estamos en la cola de la escalera mecánica nos quedamos allí, para no perturbar el religioso orden de los viandantes y vamos andando como si de una escalera normal se tratara.

Mi hija y yo subiendo en silencio. Paso a paso. Los peldaños de la escalera mecánica son más altos de los de una escalera normal. Así empieza el día: escalando.

Y al salir, mi hija me dice “¿A ti también te pareció que al entrar y al salir de la escalera se moviera?”. “Sí”, le dije. Lo estuve pensando yo también mientras subíamos. «¿Por qué pasa eso, si estaba parada?”, se pregunta. Mi hija es mi gurú, me hace reflexionar sobre cosas a las que no daría demasiada importancia.

Así que empiezo a pensar y le contesto:

“Es así como funciona el cerebro. No sé decirte qué es lo que pasa, químicamente o biológicamente, pero sin duda esto pasa porque nuestro cerebro, que está acostumbrado a aquella sensación de movimiento cuando pisamos el primer peldaño de la escalera mecánica, reproduce aquella misma sensación de movimiento, a pesar que la escalera esté parada.

Lo mismo pasa en las cosas de la vida. Si en una situación similar pasa más o menos lo mismo (o eso creemos), estaremos convencidos de que aquel resultado y aquella situación hacen un match automático hoy y para siempre. Y se transforma en nuestra verdad. Una verdad absoluta, inamovible, que se repite y se confirma cada día más.

¡Explícaselo a Pedro!

Mi paciente Pedro no puede coger el ascensor.

Le va bien que tenga la consulta de psicología en una tercera planta real. «¿Y si fuera la octava planta?», le pregunto. “Da igual, subiría andando. El problema no es aquí, es en el trabajo», afirma.

Pedro es enfermero. Trabaja en uno de los hospitales más importantes de Barcelona. Allí no puede elegir. Cuando hay que correr hay que correr. Y cuando hay que coger un ascensor porque es más rápido, hay que cogerlo.

Y allí es cuando está mal. Sudores fríos, le falta aire, a veces siente que está a punto de desmayarse. Un infierno.

Cómo superar el miedo

Nunca le han gustado los ascensores, pero hace años en el arco de tiempo de un mes vivió dos experiencias traumáticas. La primera vez se quedó atrapado en el ascensor de su casa. Agosto, casi todo el mundo estaba de vacaciones. La alarma sonaba, pero no había nadie para oírla. Estuvo cuatro horas encerrado, hasta que una vecina volvió a casa y escuchó la alarma.

La segunda vez, otro ascensor se cayó hacia abajo unos pocos centímetros antes de moverse hacia arriba. Una micro caída, como cuando hay pequeñas turbulencias en el avión. Pero a Pedro le dio un miedo brutal. Empezó a evitar ascensores cuando podía. Siempre más. Hasta hoy que se dio cuenta que no puede continuar así.

“Ven conmigo”, le digo.

“A dónde vamos?”, pregunta Pedro.

“Vamos a hablar con tu miedo.”

“¡No, no, no!”

“Confía en ti. Te sorprenderás.”

Hicimos 15 minutos de sesión en el ascensor, subiendo y bajando, bajando y subiendo.

Respirando hondo y profundamente. Llorando. Riendo.

Y las dos sesiones siguientes también. ¡Y adiós miedo!

¿Qué paso con aquel miedo? Acompañado siempre por su amiga ansiedad, que siempre se presentaba al entrar en un ascensor. Aquel miedo no era automático. Era perseverante, nada más. Quería hablar, expresar, manifestarse. Y al bloquearlo, él se quedaba allí, sólido, fuerte, erecto como un punto de exclamación. Así lo que pasa es que uno se cree lo que vive, se escribe una narrativa y luego se la cuenta cada día.

Pedro no puede coger el ascensor. Sandra nunca encuentra el amor de su vida. Pau no puede tragar ni olivas ni guisantes sino se ahoga. Alex engorda porque sí, aunque coma solo verduras. Laia cree que sus compañeros de trabajo son incompetentes. Micaela dice que el dinero la odia, que está destinada a vivir sin él toda su vida. Cristian se enamora siempre de hombres mucho más mayores que él que lo transforman en un cuidador. Marta se avergüenza de lo que hizo hace muchos años y dice que todo el mundo la juzga todavía por aquella cosa.

¿Cuáles de estas verdades son reales? Explícaselo a todos ellos. ¿Y tú? ¿Qué narrativa te cuentas?

Alberto Simoncini – Gestión de las Emociones


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