Vamos a reflexionar sobre la inteligencia emocional a partir de un caso en un tanatorio…. Y ya cuando hablemos de los niveles para desarrollar la inteligencia emocional, lo haré a partir de una situación de superación de miedo con mi hija. Porque sí, esta habilidad está en todos los ámbitos.

Pablo ha perdido una tía, la tía Susana. Sesenta años y poco más.

Una tía que quería (y quiere) mucho. Y no solamente la quería él, sino muchos familiares y amigos.

El día del tanatorio no caben todos en la sala donde yace la tía ni en la sala de bienvenida. 

Siendo el único sobrino de la tía y no teniendo ella hijos, le toca a Pablo acoger a los que llegan y acompañarles a visitar el féretro. 

Muchas personas, muchas lágrimas y -como pasa a menudo- pocos pañuelitos. Y todos buscando pañuelitos como fumadores buscando el cigarillo. 

Pablo se da cuenta de lo que pasa y manda un mensaje rápido a una amiga suya que sabe que está a punto de llegar “Por favor, trae pañuelitos, muchos, gracias”. 

La amiga llega media hora después con los pañuelos: poco más de veinte paquetes y seis cajas de cartón.

Pablo los reparte todos por las dos salas. Y mientras lo hace, sonríe y abraza a los que están llorando. 

¿Qué ha hecho Pablo?

Una respuesta podría ser: ha repartido pañuelitos.

Otra respuesta podría ser: ha ayudado a recoger las lágrimas y el dolor de los que han venido a dar el último adiós a Susana.

Un simple gesto. El gesto correcto. 

Pablo ha dado prueba, en este contexto, de ser una persona sensible, inteligente, capaz de leer más allá de la forma. Afirmaría que es una persona altamente dotada de inteligencia emocional. 

Ahora te explico por qué pienso eso.

Inteligencia emocional no significa solamente sentir más.

Como todos los demás tipos de inteligencia, de habilidad, de poder, la inteligencia emocional no sirve de nada si no la pones al servicio de los demás. Si es siempre y solamente para ti, se transforma en algo parecido a un privilegio, a un lujo personal.

La inteligencia emocional de la cual tanto se habla es una herramienta para mejorar nuestro entorno, no solo nuestra experiencia en él.

3 niveles para desarrollar la inteligencia emocional

Veamos entonces tres momentos o niveles importantes para definir hasta qué punto estamos desarrollando nuestra inteligencia emocional.

El primer nivel

Estoy en compañía de mi hija de nueve años. Es noche. Acabamos de mudarnos a nuestra nueva casa. Tiene miedo de ir a su habitación sola porque todavía no se ha familiarizado con los nuevos espacios, los nuevos silencios y ruidos de la casa, las nuevas luces y sombras.

Yo puedo sentir que no tengo miedo a la oscuridad. Pero puedo acceder a mis recuerdos de cuando era pequeño y sí le tenía miedo. Puedo recordar como poco a poco fui capaz de entrar en una habitación oscura, de hacerlo con el miedo, de quedarme sentado en la oscuridad para enseñarle al miedo que podía hacerlo. Puedo sentir la confianza que tengo ahora dentro de mí.

El segundo nivel

Yo puedo sentir que no tengo miedo a la oscuridad (primer nivel) y puedo también sentir, o por lo menos intuir, el miedo que siente mi hija. Le miro la cara, escucho su tono de voz, miro su mano abierta apuntando a mi mano para que la acompañe y puedo sentir que ella tiene miedo.

Me da pena, la entiendo porque yo también pasé por ahí. Yo también tuve miedo. Así que imagino que puedo sentir lo mismo que siente ella. Empatía.

El tercer nivel 

Siento que no tengo miedo (primer nivel) y siento que mi hija sí que tiene miedo (segundo nivel). Ahora bien, ¿cómo pasaré al tercer nivel? Pasando a la acción. ¿Qué acción? La de acompañar a mi hija del espacio del miedo al espacio del no miedo. La acción del alivio, el espacio del crecimiento y del cambio profundo.

Entonces le cojo la mano, le doy un abrazo fuerte, le digo que entiendo su miedo, porque yo también tuve miedo cuando tenía su edad.

Le cuento cómo logré mejorar mi relación con la oscuridad y le propongo acompañarla para hacer lo mismo, los dos juntos. Me dice que sí. Así que, con la sonrisa y la confianza vamos juntos despacito por el pasillo sin encender la luz. De allí nos adentramos en la habitación.

Apenas se pueden ver la cama y el escritorio. Le propongo entrar y sentarnos en la cama. Le sujeto la mano. La invito a sentir que estamos allí con los miedos, el suyo y el mío. El mío está calmado y sereno. El suyo no tanto. La invito a imaginar que acaricia el miedo y a darle las gracias, porque a no ser por él, ella ahora no estaría desarrollando un nuevo coraje y una nueva confianza. 

El día siguiente volvimos a repetir la escena, con la diferencia que al cabo de un rato yo me fui solo, mientras ella quiso quedarse un poco más. 

Dos días después mi peque puede afrontar el pasillo no tan iluminado y entrar en la habitación a oscuras para encender la luz. Seguramente tiene miedo todavía, pero lo que ella ha aprendido es a ir con el miedo. Ya no está sola. Van los dos. Y es ella quien acompaña al miedo de la mano.

Estos son ejemplos de la vida diaria donde demostrar la inteligencia emocional. Pero las empresas no escapan a esta educación. En Humanas nos sentimos orgullosos cada vez que acabamos  una formación en inteligencia emocional por todo lo bueno que aporta a las personas y al clima laboral. Si quieres saber más sobre este servicio, no dudes en contactarnos

Alberto Simoncini – Gestión de las Emociones


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