Seguro que alguna vez habéis escuchado ese refrán tan popular de “vísteme despacio que tengo prisa”, mi abuela lo utilizaba mucho cuando algo era importante y el tiempo apremiaba.

No tengo muy claro si ella era conocedora de que las prisas son malas consejeras, hacen que cometamos errores, accidentes…o si simplemente hacía caso de la experiencia de sus antepasados, y seguía sus sabios consejos sin cuestionarse si era preciso correr para terminar antes.

Hoy en día siempre queremos terminar antes. Somos adictos a correr, y ya no me refiero sólo al running, que curiosamente también se ha puesto muy de moda, nos vuelve locos la adrenalina, corre, corre y corre…todo el día a mil por hora.

Yo también he caído en esa trampa, cuando todos corren tú también acabas enganchado a ese ritmo, y eso que mi lema es que correr es de cobardes, y no quiero ofender a nadie, puedo argumentar mi posición en otro post.

Cuando llegué a Barcelona recuerdo que me incomodaba mucho pasear por Rambla Cataluña y notar cómo la gente te iba empujando. Yo llevaba mi ritmo, evidentemente distinto del de una ciudad, y caminaba despacio, empapándome de todo, y el resto del mundo iba más rápido, obligándote de algún modo, entre toda esa marea de gente, al llevar el ritmo del grupo.

Otro ejemplo era el metro, una vez que pasabas el torno si escuchabas un sonido un poco más fuerte la gente comenzaba a correr bajando las escaleras. Aquí yo me quedaba parada las primeras veces, me asustaba, pensaba que alguno se iba a caer o tiraría a alguien por correr, mi estrategia era apartarme, no sabía porqué corría la gente en el metro.

Después observé que ese ruido era el aviso de que entraba un tren, por eso la gente corría, para que no se le escapara el tren. Cuando yo llegaba al andén veía con sorpresa que el siguiente pasaba 2:25 min después, y me preguntaba si esos 2:25 min eran tan cruciales para jugártela a tener un tropezón, caerte y romperte una pierna.

A mí me habían enseñado que para llegar puntual a los sitios lo mejor es salir con tiempo, y si llegas antes esperas, das una vuelta o te tomas un café, pero eso de ir corriendo no formaba parte de mi cultura.

¡Ay amigos! Qué fácil es caer en las trampas de la dopamina. Qué rápido nos adaptamos a lo que en el primer momento me parecía una locura. Pues sí, llegó el día en que sin darme cuenta comencé a integrarme en el ritmo de la ciudad, yo también corría. No era consciente, sencillamente hacía lo mismo que los demás, y eso me convencía de que lo estaba haciendo bien, la manada me protegía.

Ya había olvidado esa sensación de ritmo frenético que tan poco me gustaba, ahora eso me parecía lo “normal”, hasta que llegó mi amiga Esther a visitarme. Salimos a dar un paseo y visitar la ciudad, y cuando entramos en el metro escucho ese sonido tan revelador que dice “el tren está llegando” y le digo a mi amiga, ¡corre!

Con Esther puedes aprender mucho de organización, planificación y destreza, eso sí, no la hagas correr. Había pronunciado una palabra tabú. Me coge y me dice, yo no necesito correr, estoy aquí para disfrutar, y puedo esperar el siguiente tren, no tengo prisa.

Me río, lo que me decía era cierto, y le digo, yo antes también era así, pero la ciudad te marca un ritmo.

Pero, pero, pero… ¿Realmente la ciudad, sociedad, economía…nos marcan este ritmo de la inmediatez? ¿cuándo nos hemos hecho adictos a correr?

Vivimos inmersos en la cultura de la inmediatez, queremos todo para ya, o incluso para ayer. La paciencia ha dejado de ser una virtud, ahora la impaciencia es algo habitual, seguro que un adolescente ya no entendería a mi abuela con el “vísteme despacio que tengo prisa”.

Esto lo hemos generado entre todos, no podemos poner la excusa de que es la sociedad, la política…la cultura la creamos entre todos. Comenzando en casa, con la educación. Cuando nuestros hijos patalean porque no tienen lo que quieren lo que habitualmente hacemos para que se callen y que no nos amarguen el día es darle su capricho.

Ya les hemos enseñado cómo con rabieta, pataleta, chantaje emocional…pueden conseguir lo que quieren sin esfuerzo, y al minuto. Después llegarán al mercado laboral y nos extrañaremos de estas conductas, hablaremos de una generación caprichosa, que no valora el esfuerzo, y que todo le parece poco, pues se lo hemos dado todo cuando lo han querido, ¡ya!

En el caso de que no tengan hijos y ese ejemplo no sea significativo para los lectores, seguro que tienen una cuenta corriente y han buscado el banco que les da más por su dinero, y en el menor plazo, ¡claro! Sería estúpido no hacerlo, qué más da que ese dinero sirva para financiar la industria armamentística, mi objetivo es la rentabilidad a corto plazo.

Y ahora podemos pasar todo esto a las empresas, que no van a ser menos, también quieren la rentabilidad en el año fiscal, un plan de empresa es a 3 años, un plan de gobierno, sin moción de censura, es a 4 años…y así todo, el corto plazo se impone a la visión a largo plazo, con razón no sabemos a dónde vamos, lo importante es correr.

Digo esto para que asumamos responsabilidades, no nos escondamos en la manada, que ahora está muy de actualidad y acaba siendo la excusa perfecta para hacer cualquier fechoría, el grupo nos protege, si lo hacen todos está bien. Hemos dejado de ser críticos con nosotros mismos y nos quejamos de lo que hacen otros cuando ni reparamos que nosotros formamos parte de esos “otros” para muchos.

Os pondré más casos de la inmediatez que nos sobrepasa todos los días, esa que llega a incomodarnos e incluso a crear disputas:

  • Enviar un whatsapp y no contestarlo al minuto. Más delito si estás en línea.
  • No contestar un email al momento.
  • Hacer un pedido en una tienda online y tenerlo al día siguiente en casa.
  • No contestar una llamada.
  • Tardar unos minutos en descargar un archivo en el ordenador.
  • Pedir la comida en el restaurante y que tarden en servirla.
  • El informe de mil páginas en 1 día.

¡Lo queremos todo y lo queremos ya! La cultura de la inmediatez nos lleva a la estupidez más absoluta, y las cosas bien hechas requieren tiempo, y un mimo, el de la oxitocina, que ahora no le dedicamos, porque la dopamina nos tiene adictos al corto plazo, a la recompensa del ahora, al subidón.

No solo mi abuela era sabia cuando me daba aquellos consejos, mis abuelos también eran generosos. Mi abuelo se encargó de plantar robles y castaños para su descendencia, él sabía que no iba a recoger esa madera ni esas castañas, pero yo sí. Ahora nuestra generación plantaría pinos o eucaliptos, que son de crecimiento rápido, y llamaría tonto a mi abuelo.

La cultura, qué importante es, que poco aprecio le damos, y qué fácil nos desentendemos de nuestras responsabilidades a la hora de crearla. Si nosotros lo queremos todo ya nos exigirán también todo ya, la cultura de la inmediatez nos desgasta, nos estresa, genera impotencia, malestar…

¿Quieres seguir así o prefieres probar otra forma de vivir? Plantar robles es posible, tú decides!

Mónica Seara. CEO Humanas Salud Organizacional

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