Hace muchos años escribí una carta a una amiga querida que estaba pasando por un mal momento. Su padre se había muerto en un accidente mientras volaba con su parapente. Ella tenía alrededor de 16 años. La muerte del padre durante la adolescencia. Un duro golpe.

En aquel entonces recuerdo que quise compartir con ella algunas reflexiones para hacerle sentir que, aunque desde lejos, yo estaba con ella y en mi abrazo podían encontrarse algunos útiles pensamientos.

Le dije que de alguna forma su padre no había muerto. Lo que había desaparecido era su cuerpo. Sin duda, no cabía más la posibilidad de volver a estar presencialmente con él. Lo que se quedaba, eran años de recuerdos, de conversaciones, abrazos, caricias, risas, discusiones (¿por qué no?), recuerdos visibles, auditivos, táctiles, olfativos y también gustativos.

Le dije que si consideramos que son las relaciones las que hacen real una persona en nuestro mundo, entonces estaba en nuestras manos la posibilidad de que algunas personas vivieran para siempre.

Bach murió el 27 de julio del 1750, unos 220 años antes de que yo naciera. A pesar de este hecho si escucho la música de Bach, él vive en mi vida a través de mi relación auditiva con la música que él compuso. No nos conocimos nunca, pero yo sé quien “es” Bach y adoro su genio. Lo mismo podría afirmar sobre actores y escritores que nunca he tenido la oportunidad de conocer, así como sobre personas que sí he conocido y que ahora o no están o no frecuento.

Lo que más importa es el tipo de relación que hubo y que puede continuar, aunque solamente sea en mi mundo, en mi mundo de memoria sensorial.

La carta que escribí a mi amiga hizo que ella pudiese ver las cosas desde una nueva perspectiva. Su padre había muerto, estaba claro, pero ella fue capaz de intuir que en su pecho había espacio para hospedar una gran y compleja memoria de su padre. Fue capaz de celebrar la vida que él había vivido. Fue capaz, una vez más, de transformar el sufrimiento en amor.

¿Por qué te cuento esta historia?

Porque ayer volví de una semana de viaje a Italia, una semana en la cual encontré algunas de las personas más importantes de mi vida, personas que han contribuido y contribuyen a hacerme preguntas, a saborear la vida, a reír sin control hasta llorar. Personas que me emocionan, que admiro. Personas en compañía de las cuales me afino como si fuera un instrumento musical que se prepara para sonar lo mejor que pueda. Aunque no suene perfectamente.

L., el hermano que nunca tuve. Un abogado fuerte y derecho, sensible y bueno, que esconde en su interior las contradicciones de un hombre que aprendió a construir un hermoso paraíso sin haber antes visitado uno. Los hermanos R. y R., filósofo y artista el primero, escritor y educador el segundo. Rara vez he podido hablar con personas tan profundas y simpáticas. Ambos me recuerdan al filósofo Cioran, que era capaz de nadar en la profundidad de su océano emocional y que para sobrevivir de vez en cuando necesitaba ir de paseo en la superficie de la playa, para retomar aire.

A., una amiga fuerte y dulce como un turrón. Una amiga que ha logrado salvar la vida. Que a pesar de un diagnóstico positivo ha sabido escucharse e intuir que algo no iba bien. Que tenía un cáncer mortal y ahora sonríe y cuenta con ojos húmedos su aventura. Gran mujer.

M., psicólogo y psicoterapeuta, que hace más de veinte años me dejó acceder a estados alterados de consciencia. Fue gracias a él que empecé a ver la realidad dentro de mí. Si hoy hago lo que hago, se lo debo en parte a él.

G. y P., dos amigos que son otros dos hermanos que nunca tuve. Dos ejemplos brutales de resiliencia, capaces de caer y romperse cientos de veces y siempre levantarse con la sonrisa y con la risa. Seres humanos que no tienen miedo a morir y a renacer.

Z., un ser justo. Un ser inquebrantable dispuesto a salir de su zona de confort cada vez que se requiere ser justo. Un guerrero de la luz que no tiene miedo a las tinieblas.

Y finalmente mis padres, E. y L., dos personas que para mí no son solo padres, son fuente de infinitos aprendizajes, de preguntas, de dudas… Son las personas con la que me abro, me río y lloro. Son el sistema solar en el que me he formado como planeta. Les debo, sin duda, parte de mi gravedad.

Las relaciones son la estructura de los que definimos vivencia. No son las personas, sino las relaciones con ellas, en nuestro mundo interior, lo que teje el entramado de nuestro día a día.

He compartido contigo algunas de las mías, que me ayudan a sentir que mi vida es maravillosa. Sé que puedo sonar repetitivo, pero no me cansaré nunca de afirmar que las empresas son espacios vitales de crecimiento y de esperanza. La formación no puede ser solamente formación técnica. Tiene que ser formación humana. Porque las empresas son humanas.

Alberto Simoncini – Gestión de las Emociones


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