Hoy os hablaré de Claudio. No es un paciente. Es una persona que conozco y que me ha hecho reflexionar mucho sobre lo que considero verdadera inteligencia y la vocación de servicio.

 

Claudio es un hombre de 65 años. Acaba de jubilarse. Lo he visto cada mañana de los últimos cinco años porque trabajaba donde trabajo yo, en un edificio de siete plantas, un centro médico de los grandes, donde hay muchos médicos y profesionales de enfermería, y muchas personas que acuden a nuestras consultas, por supuesto.

 

Claudio trabajaba aquí cómo profesional de la limpieza: era la persona encargada de mantener cómo una joya todo el edificio. Cuidaba las ventanas, los suelos, sacaba el polvo de los muebles, hacía resplandecer las escaleras (siete plantas!), hacía que los dos ascensores estuviesen siempre impolutos, sacaba la basura normal y especial que alrededor de 40 consultas médicas producen cada día. Papel, cartón, plástico, material médico desechable, etc…. Una montaña.

 

Este hombre cuidaba cada día una montaña alta casi treinta metros. ¿Y cómo lo hacía? Muy bien, os lo puedo asegurar, por su vocación de servicio.

 

Pero no estoy escribiendo este artículo por lo bueno que era Claudio en su trabajo. Era un gran profesional, no cabe duda. A ensuciar somos todos buenos. Pero a limpiar… Parece algo tan fácil, pero no es así. Limpiar no es solamente cuestión de técnica. Limpiar es cuidar. Limpiar es amar.

 

Limpiar un suelo, limpiar la boca de un bebé cuando está aprendiendo a comer, limpiar una persona mayor o enferma cuando ya no puede hacerlo por si sola, limpiar una planta de las hojas muertas, limpiar las patitas de nuestro perro cuando volvemos del paseo y afuera llueve…

 

Limpiar las lágrimas de una cara triste.

 

Limpiar es cuidar. Limpiar es amar.

 

Y Claudio es una persona que se sabe cuidar y que por eso sabe cuidar. Sabe servir y se sirve a sí mismo.

 

Tiene 65 años y aparenta 10 años menos. Con un porte elegante, con un buen perfume, la amabilidad de un caballero de otros tiempos.

 

Siempre con una auténtica sonrisa, nos dábamos la mano cada día, charlábamos un rato, nos contábamos unos pequeños detalles de nuestras vidas normales, de nuestras vidas alegres.

 

Y lo mejor es que no lo hacía sólo conmigo, lo hacía con todos los que cruzaban su camino. Una sonrisa de oreja a oreja, los ojos iluminados de Vida, unos “buenos días” dulces cómo un buen croissant.

 

¡Ah! por Dios, cuanto extrañaré este hombre que limpiaba los corazones de todos! 

 

Y cuanta verdadera inteligencia ha compartido con todo el mundo. La inteligencia de una persona que entiende el servicio cómo una auténtica misión, un acto de entrega, una oportunidad para darse y dar más sentido a la vida de cada día. 

 

El servicio tal cómo tendríamos que entenderlo todos nosotros que trabajamos (y con más razón los que trabajamos para los demás, para las personas que necesitan ayuda, guía, unas palabras para renacer y sanar), cómo un acto de profundo entendimiento del instante, del ahora. Estás allí, haciendo un trabajo, y para dar las gracias a la Vida -que tienes la suerte de experimentar por un tiempo indeterminado- te ocupas de lo que estás haciendo y lo haces lo mejor que puedas. No estás abrazando los recuerdos del pasado en los cuales hacías otro trabajo que te gustaba más, no estás acariciando las proyecciones del futuro en las cuales imaginas hacer otro trabajo que te gusta más, que está más alineado con lo que estudiaste, que te permite ganar más dinero o que te da más prestigio, no: estás aquí, en el único momento real de tu vida, haciendo algo y haciéndolo bien. 

 

Para quien? Para ti, antes de todo. Y también para los demás que nadan contigo en este inmensa aventura que llamamos Vida.

 

Es importante recordarnos que ninguno de nosotros tiene una vida. Es la Vida que nos tiene a nosotros. La Vida es un proceso que sucede independientemente de nosotros. Ella sucedió, sucede y sucederá siempre y en cualquier lado del Universo. Por lo tanto, tener conciencia de eso, nos alivia. Casi que ya no tenemos la “urgencia” de vivir nuestra vida. Nunca tuvimos una pequeña, misera vida. Siempre compartimos, desde nuestra personal experiencia, una inmensa Vida que engloba y abrazo todo lo que podemos imaginar y mucho más.

 

Esto es lo que permite que algunos encuentren su propia paz interior: los que la buscan y los que no la buscan, los que tienen pocos meses de vida por adelante, los padres que han perdido un hijo, los hijos que han perdido sus padres, los que han perdido trabajo y hasta ahora estaban desesperados.

 

No creo mucho en la felicidad. Creo en la serenidad y en la armonía y coherencia de nuestro mundo interior con el mundo exterior.

 

Gracias Claudio por ser y por estar. Por haberlo logrado, intuyo. Por la bella enseñanza que me has entregado al hacer tu trabajo con amor y servirme además de maestro del presente. 

 

 Alberto Simoncini – Gestión de las Emociones

 

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