Hace unos días, paseando por un mercadillo, en uno de los puestos de libros usados me encontré con un título que fue muy nombrado durante mi primera infancia: El español y los siete pecados capitales de Fernando Díaz Plaja. Como me recordó cosas que se encontraban muy perdidas en la memoria y – además sólo costaba un euro – lo compré y empecé a leerlo.

El libro está escrito a finales de los años 60. España era muy distinta, con una política y una moral controladas por el Estado. Pero, aun así, no deja de parecerme actual lo poco que he leído del libro y que compara la actitud del estereotipo español frente a los pecados capitales tradicionales. Esto me ha llevado a reflexionar si no podemos reflexionar sobre éstos mismos con respecto a la empresa y su rol ante la estructura económica, laboral y social.

Antes de nada. ¿Alguien se acuerda de los siete pecados capitales? Es difícil decirlos de carrerilla, pero pensando un poco y sobre todo si hemos visto la película Seven es más fácil acordarse.

Un pequeño esfuerzo… Los pecados capitales son: Soberbia, Ira, Avaricia, Envidia, Gula, Lujuria y Pereza. Yo, para acordarme de ellos los divido en dos grupos, los que están más relacionados con el cuerpo, es decir los tres últimos, y los que están más relacionados con la mente (o lo espiritual), los cuatro primeros.

¿Cómo afectan los Siete Pecados Capitales a las empresas?

Nadie, como seres humanos que somos, puede decir que está libre de estas tentaciones y las empresas como creaciones humanas y formadas por personas pueden tener tendencia a cometer acciones de este tipo. Puede parecer un poco anticuado, pero hay que reconocer que, aunque más sofisticas las pasiones humanas siguen siendo las mismas.

1. La soberbia: la autoestima llevada al extremo

Actualmente valoramos el amor propio como algo positivo. No puede relacionarse bien con los demás quien no se relaciona bien consigo mismo. En el ámbito empresarial esto es muy importante. Hay que tener espíritu de empresa, un corporativismo que nos conduzca a trabajar en equipo de forma eficiente, “sentir los colores” de la organización y estar orgullosos de pertenecer a ella y de los logros que se consiguen.

El problema aparece cuando la estructura anula la objetividad. La soberbia lleva a la empresa a creerse mejor que las demás por el mero hecho de ser ella misma, sin tener que demostrar nada más que su nombre.

“Somos la empresa tal y los demás son unos matados”; “Solo nuestra empresa hace bien las cosas y los demás nos imitan”; “No nos compares con aficionados…” Estas expresiones, que nos ayudan a dar sentido de pertenencia al grupo, también nos alejan de la realidad. No nos permiten ver los logros de los demás, de los cuales también podemos aprender, ni tampoco nos permite ver el rumbo que lleva el mundo, al creernos que dicho rumbo lo marcamos nosotros y no una sociedad plural y en movimiento.

Mirarnos demasiado al ombligo nos hace rígidos y una estructura rígida resiste hasta que un solo impacto la hace fracasar y, entonces, se hace añicos de golpe.

De la soberbia se puede hablar durante mucho rato, porque quizá sea el pecado en que es más fácil caer, ya que se disimula con facilidad en forma de orgullo. Éste es el que nos lleva a levantarnos cuando caemos, mientras que la soberbia no nos permite reconocer que nos hemos caído.

2. La ira: enfadarse es malo…

¿Quién no se ha enfadado nunca? Enfadarse es malo, pero solo a medias. También marca límites. En uno de mis últimos posts ya indiqué que a mi parecer la emoción más relacionada con la ética era el enfado, puesto que nos enfadamos cuando alguien traspasa nuestras líneas rojas, nuestros valores.

La ira desmedida nos hace perder la racionalidad en las reacciones y puede hacer que sean desproporcionadas, esto es realmente peligroso.

En nuestras empresas sobra la ira. Todos tenemos presente a ese jefe o mando intermedio que no sabe decir las cosas si no es a gritos y que nunca está contento con lo que se hace. Parece un sargento de la legión más que el líder de un equipo de personas. Aunque también está el caso contrario, de la persona a la que se le pide hacer algo y todo le sienta mal, que, aunque se lo pidas con un por favor siente que es una “orden injusta” y se aleja murmurando. Pero estas son actitudes individuales, que pueden condicionar el ambiente, pero, ¿y a nivel estructural, existe la ira? Evidentemente una empresa es un conjunto de personas y una empresa se enfada cuando sus líderes se enfadan. Así, una gestión demasiado visceral puede llevar a las empresas a guerras comerciales y financieras. Peleas por tal o cual contrato que llevan, en muchos casos a sacar lo peor de cada uno, ya que la única meta es vencer “aunque sea de penalti injusto en el descuento”.

3. Avaricia: los limites de la generosidad

La avaricia es ese afán desmedido por los bienes materiales. Literariamente es un pecado que da mucho juego humorístico, desde el rey Midas hasta el avaro Fagin de Dickens, pasando por el avaro del Buscón de Quevedo y el de Moliere. En todos ellos, el afán por acumular riquezas inútiles es el sentido de su existencia. Solo buscan el valor material de las cosas, aunque no las utilicen para nada.

En la empresa ocurre algo parecido. ¡Cuánto talento se ha desperdiciado estos años de crisis! Los números son importantes en las empresas, y, sobre todo, su color. Es importante que sean negros antes que rojos. En esto estamos de acuerdo, pero cuántas veces se hacen cuadros comparativos de productos a contratar en los que, a pesar de tener un sitio la valoración técnica y de calidad, el aspecto de mayor preponderancia es el económico. Y contratamos el más barato, aunque no sea lo más adecuado.

Lo malo de la avaricia es que no permite disfrutar de los logros adquiridos, puesto que estos siempre son pocos. Se desean más y más con el afán de que ya llegará el momento de disfrutarlos cuando “haya suficiente”. Pero ese momento nunca llega y se vive de forma miserable hasta que llega alguien más listo y se lleva todo lo acumulado. Una empresa así se transforma en un ambiente triste y opresor porque se vive con miedo de perder lo que tanto trabajo ha costado conseguir.

4. Envidia: el inicio de la parálisis

Por fin la envidia, pero… esto es difícil de definir con palabras. Una persona envidiosa es aquella que desea tener lo que tienen los demás. Una persona que no está a gusto consigo misma y que cree que a los demás siempre les toca lo mejor. ¡Qué mala es la envidia! Decimos los orgullosos cuando oímos expresiones que no son complacientes con nuestros logros.

A una empresa la envidia la puede paralizar. Un equipo humano no puede funcionar sin la colaboración necesaria. Y la envidia no permite que se trabaje en conjunto. En un ambiente así el éxito de los demás es considerado como un fracaso personal. Una persona envidiosa no ayuda a crear ambiente. Y lo peor de todo, la envidia es un gran impedimento para el crecimiento personal, ya que el individuo está más pendiente de los éxitos de los demás que de los propios.

La envidia frena el trabajo en equipo, ya que un éxito del conjunto es visto como un triunfo de los demás y, por tanto, un fracaso propio.

La envidia puede llevar la empresa a la parálisis creativa, ya que se puede llegar a estar más pendiente de lo que hace la competencia que de crear un buen producto que se adapte a las necesidades del mercado, de la sociedad.

Aquí termina mi reflexión por ahora. En el próximo post hablaremos de los tres “pecaditos” que nos quedan. Si no quieres perdértelo Suscríbete a nuestro Blog y lo recibirás directamente en tu correo.

Vidal Garrido. Responsable de Valores en Humanas Salud Organizacional

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