Hoy quiero hablarte de cambio profundo. Soy de los que piensan que un buen relato es capaz de despertar de tal forma nuestro interior que se convierte en una herramienta mucho más potente que toda la teoría que puedas leer sobre cualquier tema. Te contaré una historia…

Susana es una mujer de Barcelona. Tiene 39 años, una hija de 7, un marido de 45.

Trabaja cómo directiva en una empresa de grandes dimensiones.

Su departamento es el de Recursos Humanos.

Acude a mi consulta porque algo no va bien en su vida, no sabe por qué, pero sí sabe que quiere un cambio profundo.

Tiene buena salud, un buen sueldo, una familia sana y feliz. O sea que todo entra dentro de lo que a menudo definimos normal, dentro de lo que marcan las normas, de lo que recoge cualquier regla, de lo que se puede medir.

Experiencias de cambio profundo

Hay algo que Susana no sabe definir. Hay un malestar que no tiene nombre y que está afectando -desde hace muchos años- sus relaciones de familia y de trabajo. La afecta en el interior de su alma, no en la superficie.

De hecho, Susana tiene altas performance en todo lo que hace, porque lo hace bien y porque le gusta y esto se ve finalmente reflejado en los resultados: el marido y la hija la quieren mucho y valoran muchísimo lo maravilloso que es cómo esposa y cómo madre. Y en la empresa Susana no solamente tiene un cargo importante, sino que es amada por casi todos los compañeros de trabajo (algo muy inusual en una grande empresa y menos aún si estás en RRHH cuando la empresa está en fase de recortes y de despidos).

Susana me confía que en realidad tiene algo cómo una barrera entre sí misma y todos los demás, incluyendo a su familia. Es como si de alguna forma hubiese algo que le impide darse, abrirse, entregarse. Incluso abrazar. Ella lo sabe y lo percibe, los demás -por lo que parece- no.

Está claro que hay algo viejo y profundo a lo que ella no tiene acceso. Se lo comento y acepta mi propuesta de ir juntos a explorar aquella zona de sombra.

El apasionante viaje del autoconocimiento

Propongo a Susana una sesión de drenaje linfático manual en la zona del abdomen. El drenaje linfático manual, más allá de ser un maravilloso masaje para limpiar el organismo, es también una suave manipulación con efectos neurosedantes y de liberación emocional, lo cual lo transforma para mí en una importante herramienta a la hora de buscar preguntas nuevas e inesperadas.

Elijo el abdomen porque es la zona donde muchas emociones que no han tenido voz acaban quedándose y terminan enquistándose.

Nada más tocar la piel del abdomen, Susana cierra a puño las manos y contrae brazos y piernas. Le pregunto qué está pasando y me contesta que es normal. Que nunca le ha gustado que le toquen en la zona que está entre cuello y pubis.

Le pido entonces permiso para continuar y la invito a recordar algo que venga desde el interior del intestino. Al principio no aflora nada, pero al cabo de unos minutos sí le llega un recuerdo. Un recuerdo de hace casi treinta años.

Me cuenta que era verano y que estaba de vacaciones en Francia con sus padres y otros amigos, en un camping. Tenía alrededor de diez años. Había también otro niño de tres años más grande que ella, hijo de unos amigos de sus padres. Un día los dos se pusieron a jugar en la caravana de ella, mientras los adultos estaban en la playa. El niño la invitó a que exploraran sus cuerpos, cómo hacen los niños/adolescentes de aquella edad. Era algo natural y placentero. Lo que recuerda son unos roces y unos besos. Lo recuerda cómo algo bonito.

Hasta que el padre de ella entró en la caravana. De golpe.

La magia de aquel juego se rompió. La cara del padre expresaba asco y desaprobación.

El padre no dijo nada. Le cogió la mano y con fuerza la sacó de la caravana.

No se habló nunca de lo que pasó. No se habló nunca de porque la sacó de allí.

Contando la historia se emocionó y con las lágrimas algo se soltó.

De repente, todo cambió

La siguiente semana es todo un descubrimiento para Susana. Le cuenta al marido lo que ha pasado en la consulta y el recuerdo que ha recuperado después de tanto tiempo. De repente no le molesta que la toquen en la zona del torso. De repente cambia el contenido de las conversaciones con su marido. Se hacen más profundas y ricas. De repente le encanta abrazar a las personas que ama. De repente tiene acceso a un espacio lleno de recursos que se había quedado cerrado tanto tiempo.

¿Cuantos años más habría podido retener esta íntima información y no soltar aquel bloqueo antiguo?

Del mismo modo que con la transformación personal, a nivel organizacional también se tiene que producir “el despertar para iniciar el cambio. Los directivos tienen que experimentar este despertar para poder ser la fuente de inspiración de toda la organización.

Estamos en tiempos de transformación. Tengamos confianza en nosotros mismos y hagamos de nuestra intuición nuestro primer aliado cotidiano.

Alberto Simoncini – Gestión de las Emociones

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