En la vida de todos los días asumimos con total claridad que en muchas ocasiones tenemos que soltar algo para avanzar.

Los barcos sueltan las anclas para navegar los mares. Para movernos en coche tenemos que soltar el freno y darle al acelerador.

Para ir en bicicleta tenemos que levantar los pies del suelo, lo cual nos pone en una situación temporal de inestabilidad y desequilibrio que a la vez nos sirve para poder practicar fuerza sobre los pedales e ir hacia adelante.

En cualquier trabajo, también pasa lo mismo: para avanzar, a menudo tienes que dejar de hacer unas cosas para aprender a hacer otras, que pasas o delegas a otras personas.

Con las emociones pasa igual: si no sueltas nunca un “lo siento” no avanzarás en el camino de la compasión. Si no sueltas la rabia, guardarás un sufrimiento innecesario por mucho tiempo. Si no sueltas el personaje ficticio al cual por tanto tiempo has dado la voz, no llegarás a conocer el verdadero tú con el cual esperas cruzarte desde hace tiempo, tal vez años, tal vez una vida entera.

 Es necesario soltar para avanzar, en el trabajo y en la vida.

Javi trabaja cómo sumiller.

Sumiller de los buenos.

Tiene 41 años. Los últimos 15 años los ha pasado estudiando y trabajando para ser mejor profesional, para su propio disfrute, para vivir la vida así cómo un amante del vino la percibe: conociendo, viajando, explorando, catando miles de vinos, visitando cientos de bodegas de España y de todo el mundo.

Ha tenido varias experiencias en el mundo de la restauración, aunque en los últimos años se ha estancado en un restaurante de gran prestigio.

Cuando llegamos al lugar que tanto hemos soñado, al principio disfrutamos mucho pero con el tiempo la naturaleza humana nos empuja a algo nuevo, a nuevas aventuras. Vale para todo y para todos. Y sobretodo vale para todo lo que nos proporciona satisfacción. Cuando estamos satisfechos, queremos algo diferente. No es cómo con la serenidad. Nunca estamos demasiado serenos. No hay un tope. Podemos convivir con la serenidad. Es cuando decimos que estamos en contacto con nuestro espacio interior de paz.

Cuidado con llamar las cosas con otros nombres: satisfacción no es serenidad, de la misma manera que un plato hondo no es lo mismo que un cuenco tibetano: en un cuenco tibetano puedes comerte una sopa, si quieres, pero un plato hondo no suena cómo un cuenco. Si los confundo me quedaré decepcionado y no entenderé porque no suena cómo esperaba.

A Javi le conocí hace muchos años. Lo conocí cuando estaba trabajando para una empresa de importación y distribución de vinos. Aquella empresa compró una formación sobre la gestión de las emociones y a partir de allí él decidió continuar a recibir sesiones individuales para avanzar más lejos. A partir de aquel momento empezamos un largo trabajo de descubrimiento interior, de desarrollo personal, de investigación profunda sobre lo que significa vivir, ser feliz, buscarse a uno mismo.

Javi en estos años ha logrado sacar varias capas de lo que al principio parecían etiquetas imprescindibles de su personalidad. Empezó a soltar con alegría lo que al principio parecía ser algo característico de él en toda su vida.

Empezó a decir que “hace el sumiller” y no que “es sumiller”.

A la misma manera que aprendió a observar sus pensamientos y sus emociones sin identificarse con ellos. Tener miedo es diferente que ser miedoso. Tener rabia es diferente que estar rabioso.

Si tienes rabia es más fácil soltar la rabia. Si estás rabioso es más complicado no estar rabioso, porque ya estás en aquel espacio dominado por la emoción. Es cómo la diferencia entre observar un casco apoyado en cima de una mesa u observarlo desde adentro cuando lo tienes puesto.

                         Cada emoción tiene su lugar, pero no debe interferir con la acción adecuada (Susan Oakey-Baker)

Empezó a sentirse libre de lo que imagina que los demás se esperan de él.

Libre de los recuerdos. De los sueños y proyectos conectados con la profesión. Decidió quedarse con las emociones del niño que alberga en su corazón. Con los sueños antiguos, fuertes y luminosos de los primeros años de vida.

Es increíble cómo podemos volver a sentir aquellos primeros entusiasmos que nos entregaron las primeras experiencias sencillas de nuestra existencia, si soltamos la mirada de adulto, de quien ha vivido mucho y lo sabe todo, de quien no se sorprende ya de nada, de quien ha perdido aquella luz en la mirada. Que triste es perder aquella luz. Aquella luz no, no hay que soltarla. O tal vez sí, para luego re-encontrarla.

Javi ahora está en Asia. Se ha tomado un año de tiempo para viajar y en el viaje honrar su coraje, celebrar la vida, cuidar su oasis interior, definir unas nuevas aventuras.

Javi es cómo un escultor de si mismo, en estos momentos.

Saca lo que no hace falta del gran cubo de piedra que había montado en los últimos años.

Lo que saca lo observa, sonríe y luego lo suelta.

Cuando su obra de arte estará lista, entonces volverá y la podremos admirar.

O tal vez no volverá. Y soltado el deseo de admirarla, la podremos intuir.

 Alberto Simoncini – Gestión de las Emociones

 

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