Hoy me propongo abordar un tema sensible: el duelo. Y lo voy a hacer en primera persona, haciendo caso al gran William Shakespeare: «Da palabras de tristeza; el dolor que no habla agarra el corazón forjado y lo obliga a romperse».

El pasado 21 de agosto murió mi amiga Puri después de cinco años de lucha contra el cáncer. La echo de menos. Todavía no he sido capaz de borrar su teléfono de «favoritos» y cada vez que lo veo tengo ganas de llamar, pero ya no está.

Nadie nos enseña a gestionar el duelo y aceptar la muerte como parte de la vida no es tarea sencilla. Cuando alguien al que quieres se va, dentro de ti se rompe algo. Es como si una parte de tu ser se la llevara esa persona y tu vida ya no volverá a ser la misma.

Aquel día estaba en una comida de trabajo. Recibo una llamada de una amiga de Puri, lo cual me extrañaba, y para no desatender a la persona con la que estaba comiendo, lo primero que me digo es «la llamo después». Pero cuando iba a guardar el teléfono algo en mí hace clic, pido disculpas a mi mesa y descuelgo. Esa era la llamada que no quería recibir: Puri nos había dejado.

Comencé a llorar y no podía parar. Me daba igual dónde estaba presente, mi alma y mi corazón ya no estaban allí. Seguir con el trabajo no tenía mucho sentido. Mi cerebro ya no procesaba nada más. Fin de mi día de trabajo. Pero no solo fue ese día. El resto de la semana fui un fantasma. La impotencia de no poder despedirme de ella, los mensajes y fotos que enviaban sus amigas en el grupo de whatsapp y el libro que me había enviado la tarde anterior “El amor y las relaciones”, hacían que el llanto fuese continuo, hasta que el agotamiento se apodera de ti y te quedas dormida.

Evidentemente cambié toda mi agenda el resto de semana. Tenía trabajo pero no la fuerza para hacerlo. Necesitaba mi pequeño duelo y me tomé ese tiempo. Son las ventajas de ser autónomo, pero también la experiencia de no haberlo hecho en otras ocasiones y reventar con la rabia y la impotencia después.

Mi origen prevencionista

Mi primera experiencia con la muerte fue a los 14 años, cuando murió mi madre. Esto ya no tiene palabras que pueda describirlo. Quería morirme yo también, no entendía nada. Y lo peor es que hace casi 30 años no ibas al psicólogo, eso era de locos. El cura era quien te consolaba (me crié en un pueblo) y mi padre, al pobre, no se le ocurre decir otra cosa que «hay que seguir adelante como si no pasase nada». Pero claro que ha pasado algo: nos quedamos sin un pilar fundamental en nuestra casa.

Después de enterrar a mi madre, al día siguiente fui a clase. Eran órdenes de mi padre y eso no se discute. Resulta que ese día el profesor de Lengua, Pepe Paco, tenía preparado un examen sorpresa. Al verme en clase dijo: «os iba a poner un examen, pero por respeto a vuestra compañera lo dejaré para otro día». Aquella acción todavía la recuerdo hoy. Aquel profesor sentía empatía y sabía que era muy probable que suspendiera ese examen porque mi cabeza estaba en otro lado. Solo había ido por rutina y obligación, y porque probablemente mi padre no supiera qué hacer con dos niños en casa.

Era pequeña para entender cómo podía sentirse mi padre. Él siguió trabajando. También era autónomo así que no podía permitirse coger una baja. ¡Y encima ateo! El cura tampoco le iba a ayudar, eso era más cosa de mi abuela. Pero recuerdo el miedo que tenía a que le pasase algo, no quería perderlo a él también. Y verle con los ojos llorosos en la cena y temblándole las manos al coger un vaso para beber me provocaba pánico. Porque realizar trabajos con un riesgo elevado cuando no estás bien es la forma más sencilla de tener un accidente. Y supongo que de ahí viene mi vena «prevencionista». ¿Cómo podía yo evitarlo y ayudarle?

Supongo que por todo esto escribo hoy este artículo. Porque las empresas pueden hacer mucho cuando alguien está pasando por un duelo. Cuando perdemos a alguien querido (un padre, una madre, un hijo, un hermano, un amigo, una pareja…), ya nada es lo mismo. Se necesita un tiempo para recomponerse y es necesario que lo entienda tanto la persona que lo sufre como el entorno en el que se mueve. Y la empresa no iba a ser menos.

Me gusta la simbología del kintsugi. Esta práctica japonesa repara las fracturas de la cerámica con resina espolvoreada con oro, plantea que las roturas y reparaciones forman parte de la historia de un objeto y deben mostrarse en lugar de ocultarse. Así, al poner de manifiesto su transformación, las cicatrices embellecen el objeto.

Claves para ayudar en el duelo

Aquí en Occidente nos afanamos por ocultar las cicatrices, mostrar el dolor es de débiles, dejar asomar las emociones es una ñoñería… Y, claro, darse un tiempo para llorar parece que no es productivo, al menos desde el punto de vista de la empresa.

Nos falta empatía, huir del dolor no significa que no suframos, al contrario, nos hace más débiles, nos come por dentro. Decía el poeta Rumi “la herida es el lugar por donde entra la luz”. Pero tenemos tanto miedo a que nos hagan daño, a que nos metan el dedo en la llaga, que enseguida tapamos la herida. Esto es un error, dolerá un tiempo, es inevitable, pero como el kintsugi, transformará nuestra alma y nos hará más fuertes.

Os dejo algunas sugerencias, a partir de mis experiencias, de las claves que pueden ayudar a otras personas en el proceso de duelo, lleno de momentos de pérdida y confusión.

  1. Acompañamiento en el duelo. Antes, como os decía, era tabú, pero ahora contamos con personas que son expertas en gestión del duelo. No tenemos por qué estar solos en ese momento. La empresa puede facilitarnos sesiones con un terapeuta, como nuestro gran compañero Alberto Simoncini, que nos acompañe en este camino tan duro. Y si la empresa no lo hace, os recomiendo que busquéis la ayuda de un profesional. No debes llorar solo. Cuando compartes tu dolor, el peso se hace menor.
  2. Formación para todos los trabajadores sobre cómo abordar un duelo. Igual que se hacen simulacros de emergencias o cursos de primeros auxilios, debería ser obligatorio formar a los trabajadores en cómo recibir a las personas que afrontan un duelo o una enfermedad. El día en que se reincorpora un compañero se hace raro para todos. Muchas personas no saben qué decir y otras le pedirán que saque el mismo trabajo que si estuviese al 100%, ignorando que es más fácil cometer errores y haciéndole sentir aún más culpable de todo lo que sucede.
  3. Días de permiso. Ya sé que nos corresponden dos días de permiso cuando fallece alguien de nuestra familia en primer grado y segundo grado. Pero… ¿qué pasa con los amigos, familia o pareja que no cumplen estos requisitos? Y no solo eso. Cuando vives a 1000 km de tu familia, ¿cómo lo gestionas? Recuerdo cuando hace 10 años murió mi tío. No me correspondía permiso, me cogí vacaciones. Pero viajar de Barcelona a Ourense no es sencillo. Llegué justo al funeral y no pude ir al cementerio porque ya tenía que coger el tren para regresar. Lo malo fue que una semana después murió mi abuelo. Y cuando aviso a la empresa de que me voy de nuevo a Galicia, a mi jefe no se le ocurre otra cosa que decirme que tengo que avisar con antelación cuando se muere un familiar, porque según él no era normal que en una semana se muriese media familia mía. No daba crédito a lo que me decía. Dos días son insuficientes cuando estás tan lejos. Ya solo el viaje dura 13 horas… Resumiendo, que se puede articular con la empresa de cuántos días dispones de permiso si alguien cercano se muere, y evitar enfrentamientos y discusiones el día que pasa o los sucesivos, pues ese no es el momento. Lo que marca el convenio, desde mi punto de vista, es insuficiente.
  4. Sepelio. En otra empresa en la que trabajé, cuando alguien moría, se le enviaban flores de parte de toda la empresa. Así, en la nómina, nos retiraban un euro o dos euros en función del número de personas y familiares que hubiesen fallecido ese mes. Me parecía muy buena idea, y aún se puede mejorar, indicando el día del duelo de quién se trata. Como siempre digo, la comunicación es esencial. Dejar correr los rumores por la oficina no nos ayuda a mejorar nada.
  5. Seguro de vida-decesos. En otra empresa, cuando firmabas el contrato, al lado tenías otro formulario donde firmabas un seguro de vida y decesos. Recuerdo que me quedé atónita cuando me lo dieron. Tenías que cubrir a quién le dejabas tu legado si te morías. Era mucho más joven, lo reconozco, y no me hacía mucha ilusión rellenar esa casilla. Sin embardo, admito que es una parte importante del salario emocional que la empresa ofrezca este servicio.

Y para terminar este artículo con algo alegre, os dejo la aportación que hizo mi amiga Puri para Humanas. Escribir es una forma de no morir, ahora ella está en todos vosotros.

Gracias de corazón por acompañarme en esta historia.

Quizás por todo ello sea muy consciente de la necesidad de empresas humanas. Y también la razón de que me dedique incansablemente a formar y ofrecer soluciones a las organizaciones para hacerlas avanzar en valores hacia una nueva cultura corporativa.

Mónica Seara – CEO Humanas Salud Organizacional


¿Te ha parecido interesante este artículo?

Suscríbete para recibirlos directamente en tu mail

¡ME SUSCRIBO!